Cerveza

La cerveza es una de las bebidas más antiguas de las que haya registro. Bebida natural derivada de la cebada malteada e integrada desde la más remota antigüedad a la dieta y a la cultura de los más diversos pueblos y civilizaciones, ha sido testigo y protagonista de buena parte del devenir de la humanidad. Y hay una suerte de constante afectividad doméstica que la muestra próxima, amable, querible.

Según hallazgos arqueológicos, su origen se remonta a 5000 años atrás, en la región de los valles convergentes de los ríos Tigris y Éufrates, entre los que se encontraba la antigua Mesopotamia, habitada por sumerios y pobladores de la ciudad-estado de Ur y Babilonia. En la América prehispánica, los conquistadores observaron que algunos pueblos aborígenes del Nuevo Mundo bebían un líquido de índole sacra, elaborado a partir del maíz (la conocida “chicha” en el norte argentino) o de la mandioca. Según los historiadores, 1742 es el año de la creación del primer establecimiento cervecero argentino, propiedad de los británicos Thomas Stuart y Thomas Ilson. Ubicado en Buenos Aires, en la zona de Retiro, allí se elaboró cerveza de manera artesanal, como durante ese siglo y el siguiente también lo hicieron otros colonos europeos para abastecer la demanda de sus compatriotas. Algunas décadas después Emilio Bieckert y Otto Peter Friedrich Bemberg, quien había arribado a la Argentina en 1852, impulsaron definitivamente esta industria en nuestro país.

Factor clave en el modelo de negocios de las cervecerías, el desarrollo agroindustrial ocupó un lugar central desde muy temprano. Hacia 1910, la Argentina disponía de pocos sembrados de cebada de baja calidad y de escasa utilidad para elaborar malta.

En 1911 se realizó la primera experiencia. Un barco sueco trajo al puerto de Buenos Aires 800 toneladas de semilla de cebada que fueron distribuidas por Cervecería y Maltería Quilmes en aquellas zonas que la experiencia y la intuición juzgaron apropiadas. Sobre la base de esas tareas se llegó a la conclusión de que, para lograr una cebada auténticamente argentina, sería necesario reunir las cualidades de las semillas estudiadas en una sola, para lo cual la industria incursionó en la genética y el método de hibridación.

La trayectoria del lúpulo argentino, el otro componente fundamental para la elaboración de la cerveza, comenzó con la colonización galesa en el valle del río Chubut, durante el último tercio del siglo XIX.

Aquellos colonos utilizaban esta materia prima en sus panes y tortas tradicionales, como también para la elaboración de cerveza casera. Lo cierto es que el lúpulo logró extenderse en forma silvestre por el mencionado valle y las localidades cordilleranas de Esquel, Trevelin, Cholila, El Bolsón, y asimismo por tierras cercanas a Bariloche, hasta Colonia Sarmiento.

A mediados de los 60, el sector modernizó las etiquetas de sus productos y emprendió los primeros estudios e investigaciones del sector acerca del mercado de consumidores de cerveza. Hacia fines de los 70 nacieron las primeras planificaciones de promoción modernas de la industria cervecera argentina y sus consecuentes piezas de comunicación en soportes novedosos para el sector, como la televisión, más las ya conocidas gráfica y radio.

Desde muy temprano y cada vez de una manera más profesional y mancomunada la industria toda sostiene su compromiso, en el marco de su política de autorregulación, de garantizar que sus productos sean comercializados sólo a personas que tengan la edad legal para ingerir bebidas alcohólicas, de manera de promover hábitos responsables de consumo.

Hoy, la industria cervecera argentina está integrada por los actores más importantes de este sector a nivel mundial que comercializan más de 20 marcas y producen un total de 17,6 millones de hectolitros de cervezas en 10 cervecerías con los más altos estándares de calidad internacionales.

La producción, distribución y comercialización de cerveza es responsable de dar empleo a 36.600 argentinos, entre quienes trabajan en las cervecerías, los proveedores, el sector gastronómico y el sector minorista. En el mismo sentido, el impacto económico de esta agroindustria es muy relevante en sectores como: agricultura, servicios públicos, empaque, equipos, transporte, medios de comunicación y servicios, entre otros.